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El poder: la distopía y quemarlo todo

El poder: la distopía y quemarlo todo

25 Jun 2026, 13:47 — Felipe Arenas

Por Michelle Nathalia Hernández Garzón, estudiante de séptimo semestre de Comunicación Social.

 

Alguna vez la ciudad fue algo más que un toque de queda; alguna vez fue algo más que la corrección de textos y de todo lo que no es “correcto”. Los Ministerios e instituciones gubernamentales se encargan de proteger la coherencia social y borrar lo antisistémico. Nadie recuerda exactamente cómo empezó o cuándo empezó; todos ya sabían que leer ya no era un acto de libertad, sino de confirmación. Los textos dejaron de cuestionar, dejaron de incomodar, ahora solo se encargan de explicar todo de forma que el cerebro quede quemado como un foco antiguo. En las instituciones, los estudiantes aprendían sobre la justicia, sobre cómo el sistema y las leyes eran las expresiones más puras de la verdad y la solución a las problemáticas. Sin embargo, estos conceptos ya no son estables. Antes se discutía, se criticaba, inclusive se desafiaba. Esos relatos y narrativas eran considerados peligrosos. ¿Por qué? Porque generan dudas.

 

Las redes prometen para todos lo que los políticos prometen a los menos favorecidos: voz. En realidad, funcionan bajo una misma lógica invisible donde se decide qué contenido debe ser visible y cuál debe desaparecer en el olvido digital y social. Así como Winston dudaba de su memoria frente a la verdad y los principios, los usuarios se consumen bajo una versión filtrada de la realidad: realidad donde no se informa, sino que se mantiene la atención. En esta lógica el poder ya no necesita de represión y censura directa; ahora oculta, distorsiona y maquilla lo que realmente sucede.

 

Los países perfectamente se pueden representar como una granja: ordenada, principios que se aceptan sin cuestionar. La justicia es igual para todos, pero no todos somos iguales; hay animales que se parecen más a otros. Con el paso del tiempo, la frase cambió: algunos entienden la ley mejor que otros, y en este margen es donde ocurre el cambio de roles, donde el oprimido se vuelve opresor. Nadie nota la diferencia, porque no saben qué cambió o no se atreven a señalarla. El poder no necesita imponerse con violencia, porque ya habita en el lenguaje; el control más efectivo resulta ser el que produce verdades. 

 

El poder se ejerce a través de la reescritura de las realidades: la crítica es transformada en una versión más amena, se integra como agua al café, no cuestiona porque hace parte de la misma. La dinámica animalista de la Rebelión en la granja refleja cómo los discursos dominantes se transforman y agarran fuerza debido a que nadie cuestiona su origen o razón de ser. Lo que probablemente hoy sea una verdad, mañana se reemplazará por una narrativa más cálida, más familiar. Los influencers o creadores de contenido terminan cumpliendo el papel de los cerdos, que reinterpretaban la realidad en función de su interés y como fuese más conveniente para mantenerse en el poder; mientras que las audiencias, interpretadas por los demás animales de la granja, terminan aceptando los cambios bajo la ilusión de que están informados y tendrán la protección que tanto se anhela: el falso bienestar a cambio de su libertad y conciencia.

 

Desde la teoría el poder no es solo una figura autoritaria, sino que se ejerce y distribuye a través de discursos y prácticas cotidianas. Las redes, entonces, terminan convirtiéndose en espacios donde el poder circula de manera constante, se reproduce y se legitima. Cada “me gusta”, cada trend, contenido viral contribuye a reforzar narrativas, mientras que a la par se silencian otras. En 1984 surge el planteamiento de: ¿Somos realmente libres en un entorno donde el poder opera de forma sutil? La vigilancia entonces, ya no es solo externa, sino interna: las personas se autocensuran, adaptan sus opiniones y construyen identidades y narrativas que encajen con lo que es aceptado o políticamente correcto.  A la par, se repiten discursos dominantes sin cuestionarlos, replicando el comportamiento en Rebelión en la granja.

 

Parece ser que en el mundo no es ilegal cuestionar, pero sí es inútil. La justicia no solo castiga a la disidencia de forma directa, sino que la debilita y la vuelve irrelevante. Los discursos críticos, las movilizaciones, los genocidios y masacres se vuelven irrelevantes porque no son de “alto impacto”; los discursos son absorbidos, reinterpretados y devueltos en nombre del orden y del bien, en lo prometido y lo que fue anhelado. El sistema, entonces, se fortalece con cada intento de oposición, como si cada palabra de resistencia estuviese reinterpretada para convertirse en algo nula o en una burla.

 

Esta distopía no se sostiene por la censura, la violencia o el sometimiento, sino por la administración de sentido y alineación a algo u alguien. La vigilancia silenciosa de una sociedad cómplice de la injusticia y desigualdad social: todos observan, todos toman fotos, pero nadie hace nada. La manipulación progresiva de los discursos y la sofisticación del poder ponen en juego el pensamiento crítico y el de quienes son “anormales”, mientras se repiten ideas que ya son su contraparte, ideas que son diseñadas para cambiar la narrativa y para que el teatro se mantenga en pie. En ese escenario, la justicia dejó de ser un ideal y una aspiración a lo “correcto” y lo “humano”: la narrativa se controla, los libros rigen, más no liberan, las artes moldean experiencias, más no crean “arte”; todo lo que alguna vez fue liberación termina por encerrar la posibilidad de imaginar un mundo distinto, distópico y disruptivo.